Hace unos días participé de unas jornadas celebradas en la provincia de Córdoba, con motivo del homenaje al pensamiento y figura de Roland Barthes. El congreso duró desde el 6 hasta el 8 de diciembre, para lo cual viajé el domingo 5, por la noche, llegando a Córdoba cerca de las seis y media de la mañana. Lamentablemente, era el segundo expositor, por consiguiente, apenas pude desayunar.
La primera mesa de exposiciones comenzó a las 10:00 hs de esa mañana. Las cuatro ponencias apuntaban a reflexionar sobre el pensamiento barthesiano respecto de la lectura, quizás por eso el título de la mesa era "Barthes y la literatura". Hubo una de las expositoras, que a todos nos llamó la atención; se trataba de una rubia despampante, tipo modelo, vestida… (¿Cómo decirlo de la mejor manera...?), vestida para matar (¡eso es!); el resto de los expositores eramos dos mujeres y yo. Esta primera expositora, a quien el amigo Prodan (si estuviese vivo) le dedicaría uno de sus temas conocidos, leyó una ponencia singular: utilizando El placer del texto de R. Barthes discurrió acerca de sintaxis, sexo, orgías, orgasmos, y cosas por el estilo. La mayoría de sus argumentaciones adolecían de una total carencia de sentido, objetividad, profundización en el manejo teórico de las postulaciones barthesianas sobre el texto.
Muchos presenciamos la fatídica escena, absortos y callados. Mi amiga, la profesora y traductora pública de francés, Laura Valeria Cozzo y yo nos mirábamos tratando de hallar una respuesta posible, ante la incapacidad de una Licenciada en Letras (¡sí, para colmo eso, Licenciada en Letras!) para poder aplicar la teoría al texto, o lo que es peor: escribir un texto coherente. La reductio in absurdum ocurrió cuando, valiéndose de un vocablo francés (voyeur), osó pronunciarlo de acuerdo con la grafía.
Las jornadas, como sucede en actividades de esta naturaleza, fueron agotadoras, exhaustivas. Además, durante mi viaje de ida a la provincia cordobesa me fue imposible conciliar el sueño, aparte había comido poco, y caminado mucho por el centro de los hostiles. Por consiguiente, decidí acostarme en la cama de mi habitación, pensando (y por qué no riéndome) de aquella primera expositora. Busqué algún libro para leer, encontrando en el interior de mi valija Música para camaleones del genial escritor y periodista, Truman Capote.
Dicho libro “capoteano” constituye una colección de cuentos sobre la vida cotidiana, aristocrática y no tanto, hurgando en la psicología de los personajes a partir de un foco periodístico. Entre los cuentos memorables podemos destacar “ataúdes tallados a mano”, “música para camaleones” y “esa hermosa niña”.
Particularmente, estaba interesado por una short story, “Una luz en la ventana”, que a continuación, presentaré: un hombre, siempre el protagonista es Truman Capote, sale de una fiesta de ricachones en compañía de unos amigotes ebrios que han determinado acercarlo a su casa.
Ínterin, TC les ruega que detengan el auto, mandato que sus amigotes cumplen, mas dejándolo en medio de un desolado bosque en la tenebrosa oscuridad de la noche. TC camina solo alrededor de la desolada atmósfera; a lo lejos, divisa una casita rudimentaria, pobre, a la que se acerca en busca de ayuda. Lo atiende una señora amable, gran lectora de Jane Austen, que pronto le ofrecerá hospedaje. La anciana vive en compañía de sus numerosos gatos, su marido ha muerto El lector, expectante, anhela inútilmente que durante la noche se produzca algún evento fantástico, hórrido. Nada de eso sucede. TC logra dormirse, despertándose sano y salvo a la mañana siguiente para desayunar. Nuevamente, charla acerca de los seres queridos, ya fenecidos. TC le pregunta por qué motivo ella no tiene pájaros, a lo que ella le muestra un congelador, conteniendo lo siguiente:
-Entonces tal vez entienda esto-dijo, llevándome hasta la congeladora y abriéndola. Adentro no había nada más que gatos: pilas de gatos congelados, conservados perfectamente. Docenas de gatos. Sentí algo extraño.-Todos mis viejos amigos. Que se han ido. No puedo perderlos. Del todo. Ríó, y dijo:-Supongo que pensará que estoy un poco chiflada
El cuento cierra con la huida de TC de esa casita, encaminándose hacia la ruta. Un final inesperado, sorprendente, abrupto. El discurso ficcional del narrador pareciera señalar, oponer, dos posicionamientos disímiles con respecto a la comprensión de la muerte ( una lectura contrafáctica entre urbanismo-civilización- y el ámbito rural-cultura-). El relato abarca tan solo unas tres o cuatro páginas, no obstante, logra maneener el suspenso a través de la disposición de las atmósferas externas e internas del universo ficcional, que irán marcando un in crescendo narrativo sublime, jugando con la incertidumbre del lector.
Es una pieza literario formidable, a cuya lectura remito.
Finalizada la lectura de este pequeño cuento, me dormí. Al día siguiente, leí otro de Capote, pero eso se los comentaré en la próxima entrada.